En estas épocas distópicas y extrañas quizás las utopías puedan abrirse cabida, quizás puedan tener el derecho a encontrar su lugar en el mundo (valga el oxímoron): Parientes muy cercanos en la etimología, “próximo” y “prójimo” nos enfrentan a desafíos que, pareciendo opuestos, son el mismo. La proximidad es lo que debe evitarse, guardar el aislamiento y la distancia necesaria. Como contrapartida paradójica, en cambio, sólo la unión al prójimo, pensar en él y actuar en consecuencia es la moraleja más relevante que nos dejará este invasor ribonucleico, el coronavirus. Esa es la utopía mayor, sentirnos miembros de una única (aunque diversa y múltiple) especie humana, unida en la vulnerabilidad ante el minúsculo enemigo.

Los caminos para alcanzar estas utopías pertenecen a disciplinas tan complejas como diversas entre los distintos puntos del globo; pertenecen a la política, la economía y las variopintas formas en que estas, atravesadas por las diferentes ideologías, pueden resolverse. Siendo el mayor desafío, el estado de salud involucra en este contexto “cuidar al prójimo y sus necesidades” y la búsqueda de ese bien supremo, la salud, nos precipita con urgencia a tomar finalmente conciencia de nuestra “identidad colectiva” .

Entonces el individuo, emergente de un universo multifacético y dispar, encuentra desde estos nuevos horizontes la identidad reconocible y unificadora de ser “ser humano”, tal como lo plantea una situación límite terráquea como una pandemia.

La utopía que cambiaría la historia sería que, una vez concluida la pandemia, esta identidad colectiva de reconocernos miembros de una misma especie, con necesidades idénticas e interdependientes, se naturalice, se vuelva orgánica, imprescindible y reescriba un nuevo credo, universal.